Las citas electorales alteran los ánimos y aguzan los sentidos de los políticos, aunque no siempre en la dirección adecuada. Si los primeros desvaríos de R. Zapatero comenzaron a darle libreto a la máquina destructora del PP, el principal partido de la oposición no se ha quedado atrás y ha aportado notables ejemplos de hemeroteca sin parangón.
Por ejemplo, su Secretaria General (Cospedal) declara que su partido pelea por el pueblo y luego farfulla excusas cuando se publica que entre sus distintos cargos reúne honorarios por valor de casi 5.000 euros semanales... Otras intervenciones singulares de cargos del PP rivalizan en popularidad de traspié con otras notorias metidas de pata de algún ministro/a o ex del actual Gobierno central, como Sebastián, Pajín, Sinde o Aído.
La población se enfrenta a una coyuntura desconocida para gran parte de la población joven actual y debe aprender a hacer lo que sus mayores ya hicieron en el pasado: racionar los recursos para salir adelante. Esto último no parece algo que “per se” hubieran de considerar los principales aparatos políticos del país (PSOE y PP), para no correr el riesgo de ser ellos los que apliquen las medidas impopulares y así resultar abucheados.
Entre las recientes medidas temporales del actual Gobierno central figura una reducción de la velocidad máxima de las vías rápidas (autovías y autopistas) a 110 km/h. Aparece entonces una de las jóvenes promesas de los conservadores, su portavoz, el pedante G. Pons, burlándose de la medida y que lo próximo quizás sea pedir que se apaguen las luces a las 22:00 u otras medidas más dignas de un “régimen soviético” (sic) que de una primera potencia económica como España. Así lo dejó entender el sonriente delegado campsista de la calle Génova y la misma idea mantuvo después el resto de la cúpula del PP en sus declaraciones a los medios.
Critican el grado de improvisación del Gobierno central y la falta de un rumbo definido para “salir de la crisis”. Mientras que el PSOE que ha encabezado R. Zapatero no puede, obviamente, maquillar un cierto nivel de improvisación en algunas de sus medidas del último trienio, también es verdad que nunca antes este país se había enfrentado a un desafío de carácter económico como el actual y que tampoco pudo ―porque realmente no puede― manejarse con la independencia debida de sus con-socios (del sistema capitalista burgués).
Bajo este sistema, con mayor o menor fortuna, pretenden vivir los Estados miembros de la OCDE y del G-20, clubes en los que participa España. Y precisamente en este último recibió felicitaciones por las medidas tomadas en el campo financiero.
Por otra parte, el PSOE actual hizo el trabajo sucio del establishment neoliberal y el PP actual critica la falta de sensibilidad social del Gobierno cuando ―una vez derivados para el mantenimiento del sistema y del poder adquisitivo básico todos los fondos públicos posibles― aplica una receta de lo más anti-popular porque ya no quedan otras alternativas para un enfoque de sistema capitalista burgués.
¿El mundo al revés? El PSOE pone en práctica las medidas más anti-sociales (no sólo a ojos del PP) y los conservadores se regodean saboreando una próxima victoria electoral sin haber gastado un solo cartucho de pólvora en medidas impopulares.
La ciudadanía, aparentemente impasible, asiste asombrada a estos enfrentamientos con un llamativo toque de “dialéctica negativa” y peligrosamente convergentes en lo ideológico.
La ciudadanía ―cada vez más cabreada― confirma en los hechos que vive en una sociedad más pobre de lo que pensaba, mucho más de lo que incluso el mismo G. Pons pretende solapar con su verborrea de “gran país”. España es un gran país pero no llega a los niveles (de solvencia económica y de redistribución de la renta) que predican tanto el PSOE como el PP.
Sus dirigentes han elegido racionar su pensamiento para así razonar de forma limitada, en estricta funcionalidad con sus intereses partidarios y cada vez más alejados de las necesidades de la sociedad toda. Es verdad que el PSOE ha hecho mucho más ―de lo que le reconoce el PP― por las necesidades básicas y la mejora de la calidad de vida de la población en general.
Pero en su contra ha concurrido la coyuntura internacional, en la que sólo puede jugar indirectamnente un papel de embarcación de vela (sin motor propio), sujeta a las inclemencias del tiempo. Y tuvo miedo. Su cabeza visible tuvo miedo de perder cuota de popularidad y estiró la “mala noticia” lo más que pudo. Eso fue una demostración de inmadurez política. • (fin parte I) • 1-3-11
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