La efervescente población que pulula por Facebook tiene de todo, como en botica, y por ello hay que andarse con mucho cuidado. Pasa en todos los ámbitos lingüísticos y nadie está a salvo de las manipulaciones de los administradores de espacios en Facebook, que podrían aprovecharse de la buena fe y las convicciones de otras personas.
El caso es sencillo. ¿Es posible que unas personas que participan activamente de grupos de Facebook que denuncian y se oponen a otros con contenidos de perfil fascista, racista, etc, etc o que incita a la violencia bajo cualquier forma aparezcan, sorpresivamente, en un grupo que promueve, por decir algo, encarcelar a los extranjeros o pegarle a los perros callejeros? Sí.
¿Es posible que otras personas que se oponen a la política de Berlusconi y así lo manifiestan con su incorporación a un grupo de Facebook aparezcan, sin comerla ni beberla, en un grupo que agradece la gestión del Cavaliere y le envía un cálido apoyo? Sí. Y además ese grupo misteriosamente ya cuenta con cientos de miles de seguidores.
“Pero, ¿cómo es posible?” se preguntará el sorprendido seguidor de una persona que por ideología o actividad se encuentra en el polo opuesto de sus convicciones. Es posible porque los administradores de un grupo pueden cambiar nombre, fotos de perfil e información básica de un grupo con un par de clics...
Si aparece un grupo contra la homofobia y “recluta” varios cientos de miles de seguidores en unas pocas semanas, ¿qué impide a los administradores, si así lo habían previsto, cambiar nombre y orientación apoyando ahora la persecución de una minoría étnica o lo que sea?
La misma libertad de acción que otorga el sistema de Facebook es la que da lugar a este tipo de desagradables sorpresas. Desde el momento en que “no cuesta nada” crear un grupo de apoyo a una discoteca de moda, a un grupo musical, a una heladería de tu barrio, etc, también es posible cambiar orientación, nombres y contenidos a los grupos.
Algunos consejos para tener en cuenta:
15-12-09
Abierto al debate en BLOG Neolectum • Relacionado: La nueva interfaz de Facebook • Datos robados en los jardines de Facebook • Predicciones virtuales, ¿sensaciones banales?
Crónicas americanas - Lecturas de verano
Después de la exitosa gira mundial de los dinosaurios argentinos por el continente europeo y Japón ahora parece que, en breve, estarán en los Estados Unidos, otra tierra de los grandes ‘lagartos terribles’. Aquí se los espera con los brazos abiertos o, mejor dicho, con las fauces abiertas.
Argentina cuenta con los dinosaurios más extraños y bizarros que la imaginación de un Michael Crichton pudiera concebir, los más gigantescos y los más antiguos. Iremos conociendo en esta nota sus nombres, medidas, peso, costumbres y carácter.
La Argentina ha sido líder en la ciencia paleontológica desde muy temprano y, hoy día, cuenta con profesionales reconocidos en todo el mundo.
El sur argentino, Patagonia mayormente, parece ser una fuente inagotable de fósiles. Los expertos dicen que sólo un 10 % ha sido excavado en los últimos cien años.
Los pioneros en la paleontología argentina fueron Florentino Ameghino y su hermano Carlos a finales del siglo XIX y a principios del XX. Florentino no excavaba dinosaurios sino mamíferos de la mega fauna de los períodos Plioceno, Pleistoceno y Holoceno, como el tigre dientes de sable, el megaterio y el mamut, animales que convivieron con el hombre.
Años más tarde surgiría un paleontólogo importantísimo, el Dr. José F. Bonaparte, llamado el maestro del cretácico por sus pares estadounidenses y europeos. El Dr. Bonaparte no sólo ha descubierto decenas de dinosaurios sino que es el padre y mentor de la nueva generación de paleontólogos argentinos que ha hecho los descubrimientos más impresionantes en los últimos años. Algunos de ellos son: Rodolfo A. Coria, Fernando Novas, Jorge O. calvo, Alejandro Delgado, Sebastián Apesteguía y muchos otros.
La singularidad de los dinosaurios argentinos se debe, posiblemente, a su distribución geográfica, que posibilitó una evolución diferente de la del hemisferio norte del continente americano. Las dos masas geológicas fueron los supercontinentes de Laurasia y Gondwana. Los que serían los Estados Unidos, por ejemplo, estaban en Laurasia; la Argentina, en Gondwana. Africa formaba parte de Gondwana, por esta razón los parientes más cercanos de los dinosaurios argentinos son africanos. Gondwana incluía la masa continental que comprendería Antártida, Sudamérica, Africa, Madagascar, Australia, Nueva Zelanda así como Arabia y el subcontinente indio.
No vamos a seguir aquí un orden cronológico sino de popularidad en lo referente a los dinosaurios que aparezcan.
Vaya pues el Carnotaurus sastrei. Fue descubierto por José F. Bonaparte y un equipo de paleontólogos y alumnos de geología en 1985, en la provincia de Chubut, Argentina. Es un terópodo (dinosaurio carnívoro) de unos nueve metros de largo y unas dos toneladas de peso. Se caracteriza por tener dos verdaderos cuernos como una vaca. Sus brazos y manos delanteros están prácticamente atrofiados. Esta característica se encuentra en todos los dinosaurios argentinos de la familia Abelisauridae, como el Abelisaurio y el Skorpiovenator o el Aucasaurus garridoi. Su cabeza es semejante a la de un perro Bull-dog con cuernos. El Majungatholus atopus de Madascar tiene el mismo tipo de brazos y de cabeza y, obviamente, es un abelisaurio.
Demos paso a un verdadero gigante carnívoro, el Giganotosaurus carolinii. Fue descubierto por Rubén Carolini, un cazador de fósiles amateur en 1993. Este animal pertenece a la familia Carcharodontosauridae, como el Carcharodontosaurus iguidensis de Africa. El Giganotosaurus tenía un largo de catorce metros y llegaba a pesar ocho toneladas. Este animal desplazó al Tyrannosaurus rex en cuanto a peso y tamaño. Su cabeza de casi dos metros estaba armada con dientes curvos sumamente cortantes, lo cual indica su condición de cazador. El rex, por el contrario, según Jack Horner, era un carroñero, de ahí su dientes tipo banana para quebrantar huesos y corazas óseas.
Este animal compartía el cretácico argentino con otros dos gigantescos terópodos, el Tyrannotitan chubutensis y el Mapusaurus rosae, de reciente descubrimiento.
El animal terrestre más grande que jamás haya existido fue el Argentinosaurus huinculensis, un saurópodo (dinosaurio herbívoro) de la familia Titanosauridae. Contaba con cuarenta metros de largo y una masa corporal de cien toneladas. Se cree que este animal no tenía predadores. Un Giganotosaurus podría haber atacado a un cachorro o a un ejemplar viejo y enfermo, pero no a un Argentinosaurus en buena condición.
Pero el Argentinosaurus no estaba solo en el mundo de los titanosaururios. El Puertasaurus reuili y el Futalognkosaurus dukei tienen casi el mismo tamaño y peso que el Argentinosaurus.
Ahora le llega el turno a los ‘malos de la película’: los raptores. Empecemos con el Megaraptor namunhuaiquii. Este bicho es el raptor más grande que existe, ocho metros. En realidad es un maniraptor. Poseía dos terribles garras, no en el pie como los raptores de Jurassic Park sino en las manos. Otro increíble raptor es el Austroraptor cabazai, de muy reciente descubrimiento. Tiene una larga cabeza como de cigüeña y una terrible garra en el dedo medio del pie. Cuenta con seis metros de largo. Este animal casi aviano fue excavado en Río Negro. El paleontólogo Dr. Fernando Novas lo presentó en sociedad en el Museo Argentino de Ciencias Naturales Bernardino Rivadavia de Buenos Aires.
Otros dos nuevos descubrimientos son el Skorpiovenator bustingorryi y el Aerosteon riocoloradensis. El Skorpiovenator es un clásico abelisaurio con cabeza de Bull-dog y manos deformadas. El Aerosteon cuenta con un sistema respiratorio con sacos para ayudar al funcionamiento de los pulmones y mejorar la capacidad respiratoria. Era un bicho que no se cansaba nunca. Este sistema se encuentra en varias aves modernas.
Un dinosaurio no es un cocodrilo de dos patas. Es un pájaro grande. Por tanto, no se debería decir que los dinosaurios se han extinguido. Un canario o un loro es un dinosaurio moderno.
Y hasta aquí llegamos. Argentina cuenta con miles de hallazgos y aquí no hay espacio para mostrarlos a todos. Pedimos disculpas a los dinosaurios que hayan quedado fuera, aunque siempre tendremos oportunidad de volver y exhibir los que hoy no están con nosotros.
De modo que cuando te dirijas a un lorito australiano, sí, ésos chiquitines verdes, trata de mostrar un poco de respeto…
The Lone ranger
Julio de 2009
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Pintura y comida – Luz y territorios
En el segundo piso del Museo Van Gogh, un edificio gris situado en el barrio más cultural –en el sentido estricto de la palabra- de Ámsterdam, tuve una de las revelaciones más extrañas de mi vida. “Si Vincent Van Gogh hubiera nacido en Murcia, en vez de pintar girasoles, se habría decantado por los pasteles de carne”, pensé tontamente. Me explico. Pero, antes, vayamos por pasos.
En Jarrón con quince girasoles el pintor holandés distribuye las flores en el espacio de forma arbitraria, a su antojo, buscando el contraste. En él, los girasoles parecen vivir su propia pesadilla, ya que se retuercen como serpientes. No se encuentran marchitas, sino atormentadas, apocadas, infelices. No retrata una naturaleza muerta, sino una naturaleza agonizante.
Febrero de 1888. Van Gogh llegó a la región francesa de Arles en tren, procedente de París. El pintor buscaba captar los matices de la suave luz del sur de Francia. Su sueño consistía en crear una comunidad de artistas que resolviera sus necesidades económicas, convenciendo, en un principio, a su colega Paul Gauguin. Pero sus distintas opiniones en materia artística acabaron por construir un muro entre ambos. Los rifirrafes entre Van Gogh y Gauguin alcanzan su punto más álgido en la que quizá sea su detalle más conocido –maldita sea el conocimiento mosaico-. El holandés, mentalmente inestable, decidió, días después de su llegada a Arles, cortarse una oreja con una cuchilla.
Julio de 1890. Van Gogh se dispara en el pecho llevando en el bolsillo derecho de su pantalón una carta inacabada para su hermano, Theo, marchante de arte. A falta de que la carta estuviera dirigida a una parisina, casada y con un marido metido a político, el último acto de Van Gogh representa a la perfección qué es el romanticismo. Este suicidio ilustra el mito del genio hipersensible superado por el fracaso. En 37 años y cuatro meses de vida, sólo logró vender un cuadro: La viña roja.
Volvamos al principio, porque hasta ahora no he aportado nada nuevo sobre la vida y obra del pintor holandés. Pero, ¿por qué relacioné a Van Gogh con Murcia? ¿Y por qué sustituí en mi imaginación los girasoles por pasteles de carne? ¿Morriña gastronómica? ¿Por qué estuve en su momento tan seguro de que se habría decantado por retratar lo segundo? Por varios motivos, querido lector.
En primer lugar, porque creo, como una vez leí en una entrevista a Manuel Vázquez Montalbán, que “existe una relación directa entre comer, beber y amar”. Según aseguró a Nativel Preciado el escritor catalán: “Especialmente la bebida conduce a la cama porque desinhibe y los esfínteres se abren en función del ambiente. La cantidad de veces que he tenido éxito en esos territorios ha sido por lo favorable del clima; me he atrevido a hacer propuestas que sin esa situación gastronómico-etílica hubieran sido impensables”. Insuperable.
Pero mi argumentación va más allá de la cita literaria. Sin lugar a dudas, tres verbos dan sentido a nuestra vida: comer, beber y amar. O, escrito de manera ordenada: amar, beber y comer. Desde este simplón punto de vista, Holanda y España se encontrarían en las antípodas. Y no digamos Groot-Zundert –su localidad natal- de Murcia. En teoría, amamos, bebemos y comemos de manera diferente.
En Van Gogh, los girasoles ilustran su estado de ánimo. Es decir, su psicología. En este caso, son una serie de cuadros que pueden leerse como la clásica carta de despedida de los suicidas. Y los colores son resultado del sol –evidentemente- y la luz. La vida, a veces, es pura fotosíntesis. O pura digestión. Porque si Vincent Van Gogh hubiera visitado, por poner por caso, en el Rincón de Beniscornia, el sol y la luz hubieran trastornado su mirada. Entonces, la vista del río Segura habría reorientado su arte y, posiblemente, su estado de ánimo, quizá hacia la ansiada felicidad.
Revivido como reviven las mustias plantas de mi oficina ciertos lunes, Van Gogh saldría a las calles de la Región dispuesto a amar, beber y comer a la murciana. Y, suponiendo que acabara merodeando alrededor de la plaza de las Flores, el genio mostraría interés por la joya de nuestra gastronomía: el pastel de carne. Disco dorado de finísimo hojaldre que, recién sacado del horno, se convierte en “un regalo para gente rica y apaño para la pobre”, en palabras de José Martínez Tornel.
Con el estómago agradecido y cautivado por la luz de Murcia, Van Gogh estaría, en primer lugar, dispuesto a enamorarse. Y, en segundo término, a pintar pasteles de carne, en donde observaría cierta similitud con los girasoles. Las líneas fluidas, sinuosas y concéntricas de ambas figuras son innegables. Se trata de figuras redondeadas y apetecibles, evocadoras del sol y la naturaleza. Símbolos tanto del estado mental del artista como de la sociedad que le rodea.
Otra cosa distinta sería si el pintor devorara un pastel de carne recalentado, para más inri, recién salido del microondas. Porque un pastel de carne recalentado le hace desconfiar a uno de la gastronomía murciana, al igual que una femme fatale le hace desconfiar a uno de la feminidad al completo. En ese caso, quizá, tampoco salvaríamos la vida a Van Gogh, el genio frustrado. Pero esa es otra historia –por cierto, aún por escribir-. • Octubre 2009
FRANCISCO FUENTES
Miembro de la Asociación de Restaurantes de la Región de Murcia y presidente de la Fundación Fuentes-Vicente