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La historia, como estructura secuencial de hechos, no termina de asentarse nunca porque es constantemente revisitada por investigadores que, de forma aséptica o interesada, disectan los hechos y contenidos y recomponen un cadáver documental que no deja de evolucionar a los ojos del tiempo. Hay nodos o puntos inamovibles, concretos e irrefutables, pero la conexión entre ellos es dinámica y flexible según las manos del tejedor de palabras de turno.

Desde el salvaje Este norteamericano, nuestro corresponsal se toma un respiro de las banalidades mundanas coyunturales a las que lo somete aquel sistema y nos presenta una interpretación sobre la Historia como herramienta de construcción de la memoria.

La publicación de este texto sirve de ocasión a Neolectum para abrir espacios de reflexión sobre las manipulaciones dialécticas que se hacen sobre acontecimientos, hechos y fenómenos que afectan de alguna manera a la sociedad entera, tal como podrían ser, en este bicentenario del nacimiento de Charles Darwin, las teorías creacionistas que revisan correctivamente el fundamento científico del naturalista británico o, como segunda afrenta clave, el contraataque que las corrientes neocon están efectuando sobre las denuncias medioambientales, al poner en duda nuevamente la capacidad analítica y documental de series históricas de datos.

La historia como tal no se repite, como se verá, pero sí muchos comportamientos aislados que, a modo de eslabones, convergen en la construcción de eventos que, con cierto escalofrío, muchos individuos perciben haber vivido antes.

Crónicas americanas

El mito de Historia

La Historia es una disciplina que ha sido muy censurada por los pensadores modernos, entre ellos Jacques Derrida. Se la ha acusado de no decir la verdad y de estar relacionada con la literatura. En suma, se la ha tildado de mentirosa. Desde el momento en que resulta imposible ‘historiar’ todos los hechos y acciones de un sujeto determinado, la Historia se nos presenta como dudosa o, cuando menos, no verosímil.

La Historia ha sido, según algunos, un producto de la Ley, considerada ésta como divina. Juristas del pasado medieval no han mantenido que la Ley había derivado su divinidad de la revelación, sino más bien de su natural carácter. La Ley divina y la Ley natural fueron así consideradas como una misma cosa. El jurista Etienne de Tournay (Stephanus Tornacensis) escribe en el siglo XII que la Ley es llamada natural porque la Suprema Naturaleza (summa natura) así lo dispuso. Esta suprema naturaleza es Dios mismo, que nos ha educado por la Ley y los profetas. No debe esta idea confundirse con un panteísmo a lo Spinoza.

El Timeo de Platón juega una importante influencia en esta corriente de pensamiento. En el siglo IV de nuestra era, Calcidius nos dice que Platón es un intermediario en el entendimiento de la Ley natural y la divina. William de Conches (1554) dice que la ‘justicia natural’ es la resultante de una construcción divina del mundo de parte del Demiurgo que, como se sabe, es una creación gnóstica de heresiarcas como Simón Mago y Basílides.

La necesidad entonces de hallar la forma escrita para perpetuarse y ejercer el poder sobre la humanidad ha hecho que la Ley, natural y divina, creara el concepto de historia, no sólo por sus posibilidades hermenéuticas sino como mecanismo controlador y dispensador de las estructuras de poder. En suma la Ley y la Historia son prácticamente indiferenciadas.

El materialismo histórico de Hegel nos susurra que el concepto e imagen de felicidad es atado a la imagen de redención. Lo mismo se aplica a nuestra visión del pasado, que es el campo de la Historia. El pasado porta un temporal acercamiento referido a la redención. Hay un acuerdo entre pasadas generaciones y la presente. Lo que viene es esperado en esta vida y en esta Tierra, pero es futuro no realizado todavía, mientras que la Historia está hecha.
A cada generación que nos ha precedido nosotros la hemos condenado como un poder mesiánico pobre, un poder donde el pasado tiene un reclamo que hacer. Ese reclamo no puede ser establecido en forma barata. Los materialistas históricos estaban bien advertidos de esto.

Un cronista que recita eventos distinguiendo entre menores y mayores actúa de acuerdo con la siguiente verdad: nada que haya pasado debería ser atribuido como una pérdida para la Historia. Cada momento se vive como la última hora y el día es siempre el día del Juicio Final. La Historia es la forma más efectiva de legalizar la palabra de Dios y sus leyes. Este poder no es exclusivamente religioso, sino que afecta a todos de una forma u otra, ya sea por su influencia en los estados, ya sea por su ingerencia en la vida particular.

En 1807, Hegel dice: “Busca comida y vestimenta primero, luego el Reino de Dios será agregado sobre ti”. Este reino de Dios supone la concepción histórica y la inserción del hombre en el devenir histórico. Fuera de él, no hay sitio para la vida y la civilización, en términos cristianos al menos.

San Buenaventura afirma que la Ley no es la expresión de una voluntad sino de la naturaleza de Dios. Esta naturaleza esta ligada a la Creación, a partir de la cual el devenir histórico se expresa y expande, dejando un sitio prefijado al hombre como testigo y no como hacedor, aunque sea el hombre quien escriba la Historia. Dicho de otro modo, el hombre es un amanuense inspirado por la lengua divina de la que brota la Ley.

Por tanto, el término historia es ambiguo y presenta contenidos muy diferentes. Comprende un universo semántico considerado objeto de conocimiento. Su inteligibilidad se basa en una articulación diacrónica no siempre dispuesta en forma feliz. Y cuando alcanza el plano sincrónico se vuelve ininteligible, porque el presente es su enemigo mortal en la verdad discursiva. La Historia es un conjunto de semióticas postuladas de antemano que es incapaz de formular una tesis inquisitiva de la realidad, por tratarse de un producto que suplanta y no define el concepto de verdad. El concepto de verdad asimismo sufre las mismas contradicciones que la Historia y está irremediablemente ligada a ella.

La Historia es un discurso narrativo, un relato con demasiadas pretensiones, digamos. La estructura semio-narrativa, en cuanto a organización profunda y general, y la estructura discursiva (la manera en cómo es contada) el discurso histórico aparece a nivel superficie, un discurso temporalizado, donde los predicados son convertidos y transformados en su proceso.

Incapaz de separarse del discurso narrativo, la Historia se nos presenta como un collage de hechos dispersos, muchos de los cuales inverosímiles, en donde se sitúa al hombre y se lo coloca en una suerte de Paráclito de la lengua articulada.
La Historia es un suplemento de algo inasible.

El verbo suplementar define el acto de escribir. La escritura es el suplemento por excelencia. Las isotopías (recurrencias, repeticiones, etc.) recurrentes en un escrito histórico, llevan al sujeto lector a no cuestionar la totalidad del enunciado ni su veracidad. Tiempo después, comprobará que no está seguro de nada. La veridicción (lo verdadero, la intención de hacer verdadero un enunciado, decir la verdad) del enunciado histórico la pone el enunciatario, en este caso, el historiador mismo. La verdad y la realidad son cosa muy distintas, fuera del alcance del historiador profesional.
El mito y la leyenda son los referentes semánticos y sintagmáticos más confiables que tenemos para dilucidar el concepto de historia. Ellos descansan sobre la ficción y están libres de la solemnidad de lo que debiera ser verdad y de su bíblico-apocalíptico mensaje.

Por otra parte, nuestra civilización occidental se ha caracterizado por su logo-centrismo, el valor y la preponderancia que se le ha dado a la palabra hablada, y el culto del Logos, en detrimento de la palabra escrita. Paradójicamente, la palabra escrita estará siempre asociada a la Historia y la tradición oral estará por siempre ligada al mito.

La Historia es así un producto eminentemente literario, un juego de discursos con espacios en blanco que no pueden ser llenados. Estos espacios en blanco son lo que no se sabe, la no-biografía del Hombre. La Historia y su obligada proyección pretérita convierten el futuro en un cuento de hadas y el presente en un vacío semántico. La Historia, en suma, es la historia del arte de escribir, considerado éste como artificio con fines políticos y de control.

El hecho también de aferrarse a lo antiguo, a lo viejo, a lo anquilosado y momificado, para infundir credibilidad ha inspirado un fenómeno extraño y complejo: la ambición de mantener vivo un discurso pasado y paradigmático, creando así un archilexema que plantea un micro-sistema taxonómico en términos históricos, una lista sucesiva de los hechos acaecidos sin relación aparente o encubiertos por los mismos enunciados.

El archilexema es el lexema (unidad léxica) de una unidad léxica dada. Por ejemplo, ‘asiento’ es el archilexema de ‘silla’, ‘sillón’, etc. Un archilexema, peligrosamente, es capaz de tener un archilexema de rango superior; por ejemplo, mueble por asiento. Esta dinámica en términos históricos o de ‘hacer historia’ complica hasta el caos la ambición de contar la verdad. La cadena que forman los signos, en una interpretación Saussuriana del término, no sería arbitraria sino preestablecida en forma suelta y caótica.

Por ejemplo, sabemos que el signo árbol está compuesto por un significante léxico arbitrario, una imagen acústica, y un significado o concepto. En nuestro caso, la enorme cantidad de archilexemas en el discurso histórico haría que árbol significara muchas cosas o, lo que es peor, nada definido. Lo ambiguo como forma general de asimiento de la realidad. Así el discurso histórico halla su camino.

Si sabemos que Aníbal cruzó los Pirineos y los Alpes y fue derrotado en la batalla de Zama por Escipión el Africano, también podríamos suponer que los historiadores se han equivocado o que han conspirado con vaya uno a saber qué fines y que el cartaginés creó la leyenda del cruce para intimidar a los romanos, gente supersticiosa y muy amante de la Historia. El mismo emperador Claudio era un historiador profesional y echó mano a varias mentiras cuando no alcanzaba a entender ciertos hechos de la historia etrusca.
Es así, mediante este proceso, que se crean los neologismos y unidades sintagmáticas imprecisas. De modo tal que la Historia sería una máquina productora de interminables neologismos para expresar un discurso determinado, anclado en el pasado y proyectado para las generaciones futuras que deberían salvaguardarlo. Es decir, nosotros escribimos la Historia, pero la Historia nos dice qué escribir, aunque ella misma no sepa nada al respecto. Es una conversación entre un mudo y un sordo. ¿Qué resulta? La mentira.

La mentira es considerada una figura retórica como la metáfora y no un mecanismo para engañar. Es la que llena de algún modo los espacios en blanco de los que hablábamos. Lo malo es que la verdad suele ser un vestigio olvidado en un rincón, y no habría así verdades sino versiones de verdades. Es así que consideramos cada texto histórico como una ‘versión’ histórica.

El uso intensivo de cronónimos en el relato histórico debilita muchas veces las relaciones espacio-temporales de los enunciados históricos y el lector se pierde en un no-dónde y un no-antropónimo (unidad adjetival referida al hombre en general).

La modalidad epistémica de la Historia emerge en este caso de la competencia del enunciatario, historiador, que ejerce un hacer persuasivo sobre el destinatario, nosotros, los inocentes lectores. Es así que al historiador no lo controla nadie.

Lamentablemente la Historia no se repite nunca. Si lo hiciera, a fuerza de repeticiones y evitando los suplementos, comenzaríamos a entender algo de lo que se ha venido llamando nuestro devenir histórico… •

The Lone Ranger
Julio 2009

Abierto a debate en BLOG Neolectum • Relacionado: "Usos y abusos de las herramientas empleadas para construir la memoria"


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