Cuando a Obama le comunicaron que le entregaban esta “patata caliente” lo tomó sin duda, de sorpresa, en alguna sesión fotográfica de sonrisas. Casi todo lo que viene de afuera es extraño para el estadounidense medio, como ocurre en cualquier país del mundo. A este ciudadano castigado por el paro, los embargos y las renegociaciones de deudas le informan que su presidente recibe un premio a la actitud pacificadora mientras seguramente esté reunido con unos generales organizando el envío de más contingentes a... “¿qué toca hoy, Sam?” Este ciudadano de la calle piensa que este premio obligará a su presidente a ocuparse de más temas exteriores y descuidar más los internos. Obama se debate entre sus obligaciones formales hacia quienes gobierna y las obligaciones internacionales derivadas de su cargo. Quizás haya un humor escandinavo demasiado sutil para ese ciudadano medio. Nuestro hombre recorrió los bares de varios estados y nos presenta la visión interna de un país que a veces parece pero no es.
Esta pregunta se la hace todo el mundo en los Estados Unidos en lo referente al Premio Nóbel de la Paz que acaba de recibir Barack Obama. ¿Qué ha hecho Obama para merecer dicha distinción? Algunos estadounidenses van un poco lejos y dicen que el Nóbel es un premio al negro. Obama lo ha ganado por ser el primer negro en la Casa Blanca.
Algunos sostienen que la Academia Sueca hace gala de un racismo al revés: “Vamos a premiar a este hombre por negro, no importa que no haya hecho mucho por la paz. Pero démosle tiempo, al fin de cuentas es sólo un negro”. Obama no terminó con la guerra de Irak, ni tampoco con la de Afganistán. Incluso peor: acaba de informar al Congreso que mandará 30.000 soldados más a Afganistán y que la deuda de tal empresa será de 30.000 millones de dólares, por lo menos.
En un país donde la desocupación alcanza más del 10 %, el esfuerzo bélico parece ser económicamente un tanto excesivo y fuera de lugar. En el último año, 8 millones de personas perdieron el empleo, la inflación hace estragos en los supermercados y las cuotas universitarias han aumentado un 50 %, como en el estado de California, por ejemplo. Muchos notan que Obama se esfuerza por congraciarse con los republicanos, quienes lo han apoyado en su política exterior, Irak y Afganistán.
Su plan para cambiar radicalmente el sistema de salud en el país no cuenta con muchos seguidores, ni siquiera entre los propios demócratas. Obama espera un guiño cómplice de los republicanos más liberales para convertir el proyecto en ley, a cambio del envío de tropas y de la implacable persecución de Osama Bin Laden y sus fanáticos seguidores. Incluso personajes tan inocentes como el Hada Campanita y el perro Pluto saben que el apoyo republicano nunca llegará, por más que Obama le levante una estatua ecuestre a Ronald Reagan.
El famoso Premio Nóbel de Obama es a todas luces no merecido. Ni siquiera los suecos han podido aclarar por qué se lo han dado. Las declaraciones al respecto han sido borrosas y ambiguas. Han dicho que Obama merece el premio por sus esfuerzos en reestablecer relaciones con muchos países de América Latina, en particular con el Cono Sur, Argentina, Brasil y otros miembros del Mercosur, relaciones tan deterioradas por la administración Bush.
Según la Academia Sueca, estos desvelos de Obama no se detienen en el Mercosur y los chinos, no; estos desvelos abarcan buena parte del mundo libre. Obama es visto como un unificador, un individuo que abraza todas las democracias y propone una hermandad ética y moral. Estos argumentos y otros más confusos y extravagantes han sido presentados por los suecos para justificar el premio a Obama. También han elogiado las relaciones con China, el socio más mimado (y posiblemente más temido) de los Estados Unidos.
No importa que sean comunistas, un amigo es un amigo y negocios son negocios. ¿Es esto motivo para un premio tan importante? De todas maneras, los suecos nos tienen acostumbrados a sus particulares y discrecionales decisiones respecto de los premios a dar. Todo premio Nóbel es un premio político, por esta razón se lo dieron a Pérez Esquivel y se lo negaron a Borges. La pregunta es: ¿qué maniobra o interés político se esconde detrás de la premiación de Barack Obama?
Pensar que se lo han dado por ser negro es poco serio; pensar que se lo han dado por andar a los besos con argentinos y brasileños y hacer negocios con el Mercosur es poco realista; pensar que Obama intenta emparejar la balanza comercial con los chinos es económicamente impensable a esta altura de lo que ha venido sucediendo desde que Richard Nixon puso un pie en Pekín.
Lo más gracioso es que el propio Obama se mostró sorprendido y con la guardia baja al recibir el premio. “Y ahora ¿qué hago o digo?”, pareció pensar. Pero el daño estaba hecho. Pobre Barack, los suecos no le habían hecho ningún favor concediéndole el Premio Nóbel de la Paz. Por el contrario, han conseguido que los estadounidenses se pregunten, por una vez en la vida, “¿qué hemos hecho de bien para merecer este premio? ¡Por fin el mundo se ha dado cuenta de que somos los chicos buenos de la película!” Nadie, pero nadie, ha festejado la premiación en el país. Obama ahora se esfuerza para que el episodio sea olvidado lo más pronto posible. La Primera Dama, no ha hecho comentarios, ni oficiales ni extraoficiales. El Premio Nóbel de la Paz pasó a ser un ‘de eso no se habla’.
Barack Obama ha pasado de ser un héroe afroamericano a un presidente cuestionado por no tener ideas claras en cuanto a política interior y economía. El Premio Nóbel ha agregado una duda más, una inseguridad más, y, entre pensar si se merece el premio o no, muchos estadounidenses han pasado a pensar si este hombre negro merece ser presidente de los Estados Unidos, más allá de ser un logro para la comunidad negra y un hito histórico en un país donde todavía organizaciones como el KKK gozan de buena salud y no pocos seguidores. La propia comunidad intelectual norteamericana, Harvard y Yale, precisamente, se pregunta hasta qué punto un presidente negro puede borrar o disimular el racismo que aún se ve y se siente en buena parte de la Unión. Al parecer, haría falta más de un negro y más de un Premio Nóbel para superar los prejuicios de una sociedad que se empeña en parecer abierta y liberal y al mismo tiempo sigue apaleando negros e hispanos en el Bronx.
El racismo existe, pero ha adoptado un aspecto sutil, lateral e incluso discursivo, que lo vuelve aun más peligroso e indeseable. Incluso algunos tratan de hacerlo aparecer como algo pasado de moda, un mal recuerdo de la Guerra de Secesión y los años ’60. Otros dicen que el racismo es cosa del Viejo Sur, que ya no existe. Pero hay que decir que el Sur sí existe y muchos de sus antiguos valores todavía tienen mucha vigencia. La Guerra Civil, en cierta forma, no ha terminado. El Sur sigue siendo el Sur y la película “Lo que el viento se llevó” no es otra cosa que una ficción yanqui, alejada de la realidad. Alabama no es Nueva York. Georgia no es Nueva York tampoco, por más que haya adoptado como himno estatal la canción del negro Ray Charles. Que un negro haga buena música está muy bien, pero que sea presidente ya pasa de la raya, por más Premio Nóbel de la Paz o no. Aunque no se crea, palabra más, palabra menos, esto es lo que se piensa y no se dice públicamente en el Viejo Sur.
Algunos medios del país dicen que Obama fue nominado para el premio antes de poner un pie en la Casa Blanca. También se dice que Obama recibió el premio no por lo que ha hecho sino por lo que podría hacer en el futuro. Es un caso de premiar buenas intenciones, no hechos concretos. El columnista David Brooks del New York Times dice que el premio es un chiste de mal gusto, una broma escandinava para burlarse de los norteamericanos. Ruth Marcus del Washington Post opina que el premio no es una buena noticia para Obama, porque levanta muchísimas preguntas acerca de qué cosa es la celebridad de un presidente y los méritos reales que este presidente, Obama, realmente ha conseguido hasta la fecha. Y hasta la fecha el bueno de Obama no ha conseguido nada.
El premio fue dado, al parecer, por reforzar la diplomacia internacional y la cooperación entre los pueblos. Pero irónicamente el premio llega cuando Barack Obama se encuentra pensando las sugerencias de su comandante militar en Afganistán para enviar miles de tropas adicionales a un país que lleva ya ocho años de guerra.
El republicano Michael Steele no dudó en criticar el premio: “Los norteamericanos se preguntan ¿qué ha hecho Obama para merecer este premio o cualquier otro? Es el primer premio a la nada que yo conozco”. Este curioso Premio Nóbel de la Paz premia no lo que se ha hecho sino lo que se podría hacer, como se ha dicho más arriba, afirman muchos medios en el país. Otro, muy crítico, dice: “En fin, si Henry Kissinger recibió el premio en 1973, mientras sus crímenes de guerra en Vietnam, Laos y Cambodia infestaban el mundo, cualquier cosa es posible”. El analista político Tom Lehrer dice: “La sátira política se volvió obsoleta cuando Kissinger ganó el Nóbel. Ahora se ha vuelto cómica con Obama”.
“En conclusión, el presidente Obama no ha hecho nada en los pasados ocho meses que haya traído paz al mundo. Ninguna guerra esta cerca de alcanzar la paz. El mundo no es un sitio seguro. La gente muere en estas guerras. Este premio fue un cómico error. En la mejor consideración, el premio a Obama es un chiste o una cínica conspiración política”, opinan los analistas políticos de los Estados Unidos, tanto demócratas como republicanos.
¿Para qué el premio? No hay respuestas. Tal nos debamos conformar con que el premio haya sido otorgado a un negro, porque es bueno premiar a un negro de vez en cuando. La política y los premios hoy día parecen ser cosa de colores…
The Lone Ranger
8-12-09
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Durante seis meses (entre el 10 de enero y el 10 de junio) se mantuvo abierta una encuesta con tres opciones referida a las preferencias de los consumidores en cuanto a los espacios libres de humo en la restauración.
La cuestión planteada stenía el siguiente enunciado: “En restauración con algún servicio de alimentos (desde tapas a platos completos), ¿qué prefieres?” y las posibles respuestas eran:
La primera opción planteaba la situación a la que tiende el actual proyecto de ley, es decir, bares, cafeterías y restaurantes libres de humo, de forma que se protege tanto la salud de los empleados en su lugar de trabajo como la del mayor porcentaje de clientela no fumadora (según % de distribución poblacional).
La segunda opción planteaba la existencia de locales libres de humo y de otros donde se permitiera fumar, en proporción a la población no fumadora y fumadora, respectivamente. Esta alternativa recoge la propuesta de tantos colectivos de fumadores para crear “club de fumadores” o lugares de esparcimiento donde se permite fumar sin límite.
La tercera opción, finalmente, refleja la propuesta inicial de la Ley anti-tabaco original que por las variadas interpretaciones y desarrollo que recibió en múltiples comunidades autónomas, quedó desvirtuada. Contemplaba una zona para fumadores y otra libre de humo en los locales con superficie suficiente.
La primera opción (todo el local libre de humo)recibió un amplio apoyo con el 92% de los votos (600/652), seguida de la alternativa de dos tipos de locales según porcentaje poblacional con el 6% (39/652). La tercera opción recibió el apoyo del 2% de los votantes (13/652).
La sociedad, a través de numerosos grupos que se manifiestan en diversas redes sociales, está esperando con ansia la aplicación de una Ley que les permita, en los hechos, el “retorno a los bares y restaurantes” con el fin de disfrutar de un momento de ocio sin tener que respirar el humo del tabaco de otros comensales.
Prácticamente toda la Unión Europea ha legislado en los últimos años la prohibición del tabaco en espacios públicos cerrados y en casi todos los países se ha habituado rápidamente la población a consumir alimentos sin fumar ni contaminar con el humo el ambiente común con los comensales no fumadores. De hecho, a pesar de los temores de las patronales de la restauración, la facturación no se ha visto afectada e incluso ha crecido en algunos casos (como en Italia, donde aumentó un 17%).
Es de esperar que en España suceda lo mismo a partir de enero próximo y que además anime a tantos fumadores a abandonar una adicción que tantos perjuicios de salud provoca tanto a ellos como a las personas no fumadoras que viven con ellos. • 15-6-10
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George ‘Dubya’ Bush deja la casa Blanca como uno de los presidentes menos populares de la historia de los Estados Unidos. En casa, su índice de popularidad es desastroso. En el exterior, se dio el peor colapso de la reputación americana desde la Segunda Guerra Mundial. La economía americana sufre una terrible recesión que se ha tratado de contener como se haría con un buque a punto de hundirse, ‘achicando’. America se ve complicada en dos guerras, una de las cuales contó con el rechazo prácticamente unánime de todas las naciones del mundo. La familia Bush, una de las más ilustres en el mundo de la política americana, está tan contaminada de aires negativos que el ‘kid brother’ de Dubya ha decidido suspender su campaña por una banca en el senado de Florida.
Muy poca gente predijo esta letanía de desastres cuando Dubya se postulaba para presidente en el 2000. Dubya había perdido el voto popular contra Al Gore por 500.000 votos, después ganó en el recuento final y fue acusado de manipular las urnas. Dubya se presentaba a sí mismo como un centrista, un nuevo tipo de conservador sensible o sensibilizado, un líder que proclamaba la unión de los americanos, un hombre que se veía a sí mismo como un unificador.
Los pocos seguidores de Dubya argumentan que el atentado del 11 de septiembre puso a Bush en una incómoda situación a nivel mundial y cambió los conceptos de seguridad reinantes y, lo que fue peor, la misma economía. El gobierno se expandió hasta puntos impensables en la dinámica del poder. La crisis financiera empieza con los sobreprecios de las propiedades y las desprolijas formas de redacción de las hipotecas.
La presidencia de Bush es envenenada por su propia ambición, según aseguran los economistas demócratas y los analistas extranjeros. Bush no siguió el estilo de su padre sino el de su héroe Ronald Reagan. Bush es lo que los británico denominan inverted snob. Dubya se vendió como un gran ‘decididor’ más que un hombre que está ‘en los detalles’. Las personas que se reunieron con él a través de su presidencia estaban azoradas por la pasividad y la falta de visión inquisitiva de Bush.
Dubya desconfiaba del Washington’s stablishment. La falta de curiosidad llevó a Dubya a sospechar de intelectuales en general y de académicos en particular. Todavía peor: Dubya nunca lee libros y desconfía de los que lo hacen. Su política de catecismo estaba basada puramente en la fe, fe predicada por los evangelistas cristianos, teñidos del mismo puritanismo anacrónico de la época de las Brujas de Salem.
Dubya esencialmente no confió jamás en personas inteligentes e incluso las consideraba peligrosas. Es sabido que Dubya Bush fue el menos educado presidente de los Estados Unidos y considerado el peor presidente de la Unión desde Andrew Johnson. El señor Cheney se transformó en el más poderoso vicepresidente de la historia americana. Cheney armó una impenetrable burocracia llena de sus protegidos y seguidores y manejó el flujo informativo que debía llegar al presidente a su entero antojo. Empujó a Bush hacia la derecha utilizando los temas del recalentamiento global, la seguridad nacional y hasta la invasión de Irak.
Los gurús de Dubya fueron Karl Rove y Rumsfeld, secretario de defensa. Rove estaba obsesionado con el realineamiento del Partido Republicano y quería subordinar todo a los intereses partidistas, severamente afectados desde Watergate.
Las tres características de la presidencia de Bush fueron: devoción al partido, politización e incompetencia. Bush fue el defensor y propulsor más acérrimo de sus partisanos en la historia de la política americana. El único presidente que se daba por contento con gobernar la mitad de un país.
El historiador Sean Wilentz ha remarcado lo inusual de haber politizado tamaña catástrofe: “Ningún otro presidente, Lincoln en la Guerra Civil, FDR en la segunda Guerra Mundial y John Kennedy en momentos críticos de la guerra fría, han encarado las crisis con tan inmenso despliegue militar, fallando en la consulta de la oposición y no logrando convocar un verdadero esfuerzo nacional”. Mientras tanto Dubya demonizaba a los demócratas.
La invasión de Irak fue un hito típico en la política Bush: un triunfo inicial que contenía las semillas del desastre.
En el huracán Katrina, en agosto del 2005, Bush expone su congénita pasividad y mal contempla las zonas desvastadas desde un avión. ¡Cinco días después de la catástrofe visita New Orleans!
¿Cómo será juzgado Bush por la historia?
Ocho años fue el tiempo de Dubya en el poder. Los mitólogos nos dicen que el 8 representa la regeneración. En nuestro particular caso, el caso del buen Dubya, representaría nada más y nada menos que la corrupción…
The Lone Ranger
20-7-09